André Øvredal sigue fiel a lo suyo. Y ¿qué es lo suyo?, se preguntarán ustedes. Pues ser una hormiguita en un Hollywood cada vez más lleno de cigarras. Sin generar apenas ruido, y si no, ahí tienen la total y completa ausencia del director noruego en esas IPs (Intellectual Property) que tan rápidamente seducen hasta al más pintado en la industria, va el tipo labrándose una sólida carrera. También sin mareantes campañas de marketing, ni siquiera de esas disfrazadas de pura y dura espontaneidad. ‘El pasajero nocturno’ es solo la última de las cáscaras de fruto seco que ha introducido en su casita Øvredal. Y sin que apenas nadie se haya percatado siquiera de que salía de ella. Y mientras tanto la cigarra, ¿qué? ¡Eh!

En ‘El pasajero nocturno’ Øvredal vuelve, en cierta medida, por esa senda de tensión sostenida que tan bien se le dio en la excelente ‘La autopsia de Jane Doe’ (2016). Ello en una historia a caballo entre las películas de maldiciones que se te pegan a la chepa y ese terror que bebe de leyendas urbanas locales. Todo, un poco, como si metiéramos a los hermanos Winchester en la ‘Nomadland’ (2020) de Chloé Zhao. Lou Llobell, Jacob Scipio y Melissa Leo comandan otra genial muesca en la filmografía de André Øvredal que llegó a nuestras pantallas el pasado 22 de mayo.
´El pasajero nocturno´: ´Nomadland´ meets ´Sobrenatural´.
Fácil es imaginar a Zachary Donohue & T.W. Burgess, guionistas del film, viendo ‘Nomadland’ y pensando: ¿Y si esto fuera una película de terror? De esa inquietud parece surgir ‘El pasajero nocturno’. Tyler y Maddie son una joven pareja que un buen día decide dar un vuelco a su vida. Su residencia ahora va a ser una furgoneta, y el paisaje que vean desde la ventana será el asfalto. Pero las cosas se van a poner feas. Y no porque tengan que cagar en cubos, no. Tras presenciar un desconcertante accidente, una aciaga sombra comenzará a rodar con ellos. Algo que se acentuará según avancen los kilómetros.

Con ese plan penetra Øvredal, sin ambages, en una historia de esas de maldiciones que te agarran y ya no te sueltan hasta verte convertido en un guiñapo. Un subgénero siempre en boga. Ahí tienen, como muestras recientes de su éxito, la siempre recomendable duología ´Smile´, de Parker Finn. O ´El llanto´ (2024), de Pedro Martín-Calero. Si buscan algo del nivel, pero patrio. En ‘El pasajero nocturno’ Tyler y Maddie quedan marcados por una especie de asaltacaminos sobrenatural, en modo leyenda urbana. Algo que bien podría haber sido un grato monstruo de la semana en algún capítulo de ‘Sobrenatural’.
´El pasajero nocturno´ se convierte en la secuela espiritual de ´La autopsia de Jane Doe´.
La iconografía católica, con San Cristóbal a hombros, adquiere aquí nueva dimensión al encontrar su némesis en un sádico nómada endemoniado que tortura por puro placer a todo aquel conductor desprevenido que pilla. Habiendo, por supuesto, como en el cine de maldiciones es pertienete, unas ferreas normas que seguir a rajatabla para no toparse con él. El cieneasta noruego desata así su lujosa gama de set-pieces de puro terror, transitando, por momentos, incluso en el cine de bucles, de tal manera que planificación y puesta en escena hacen match como solo él sabe hacer. A tal respecto, la escena del parking es tremenda.

Si hacéis memoria, ‘La autopsia de Jane Doe’ finalizaba con la susodicha a lomos de un furgón y dando a entender que le quedaba fuel para varias millas más. El eje principal de ‘El pasajero nocturno’, un esquema que luego el director se encarga de dinamitar aun siendo magnum opus de la propuesta, es un mal que acecha a los pasajeros de un vehículo. André Øvredal no deja ni un solo cabo suelto haciendo que esta pueda ejercer como continuación espiritual de aquella de hace una década. Cinta que viene mereciendo una secuela mucho más que esa de ‘Historias de miedo para contar en la oscuridad’ que no os cansáis de pedir.
André Øvredal lleva su propio colgante en honor a San Cristóbal.
Recuperando de algún modo el hilo de lo que hablábamos en el primer párrafo y llevándolo al epicentro argumental de ´El pasajero nocturno´, es curioso comprobar cómo el propio André Øvredal parece rodar por Hollywood protegido por su propia medallita de San Cristóbal. Y es que, tras pegar el salto gracias a la soberbia, y nunca lo suficientemente recomendada, ´Troll Hunter´ (2010), el director ha enlazado allí cuatro trabajos como cuatro soles.

La ya citada ´La autopsia de Jane Doe´, ´Historias de miedo para contar en la oscuridad´ (2019), ´El último viaje del Demeter´ (2023) y la que ahora nos ocupa. Una compacta filmografía, prácticamente libre de franquicias, en la que el nórdico ha sabido equilibrar calidad cinematográfica con una exposición mediática de perfil medio/bajo que le ha permitido circular llamando la atención solo en selectos círculos. Lo que le acerca casi más a esa figura del cineasta de culto que a otra cosa.
A colación de la medalla de San Cristóbal, muy a tope con cómo Øvredal usa al patrón de los viajeros en ´El pasajero nocturno´ como si esto fuese una cinta de vampiros en toda regla. El colgante adquiere forma simbólica de cruz o de cabeza de ajo, repeliendo a la entidad maligna del film con un impacto visual como si de un chupasangres se tratase. Otro pequeño detalle más por el que reverenciar tanto al director como a esta, la última pieza de su obra. Un André Øvredal al que solo le afearemos el cliché ese de tener que hacer sonar en los créditos finales la ´The Passenger´ de Iggy Pop.
Nuestra valoración:
