Stockholm

Crítica de ‘Stockholm’ (2018). Robo surrealista

Síndrome de Estocolmo. Trastorno psicológico padecido por algunas víctimas de secuestros o detenciones ilegales. Sus síntomas se manifiestan en mostrar cierta empatía, incluso comprensión hacia la figura del captor. Esta afectación debe su nombre al psiquiatra Nils Bejerot, quién acuñó el término para ilustrar las reacciones de los rehenes durante el robo a un banco en Estocolmo, en Agosto de 1973. ‘Stockholm’ recrea esos hechos, envueltos en un halo de misterio y rareza.

Stockholm

Película de domingo por la tarde

La película es un despropósito total. El director canadiense Robert Budreau se las arregla para que su criatura adquiera una imagen muy lograda de cinta de serie B, con los elementos más típicos y reconocibles de los telefilmes de sobremesa. Ya contó en su anterior trabajo ‘Born to Be Blue’ con Ethan Hawke. En ‘Stockholm’ lo sitúa como protagonista, en el cerebro del atraco al Kreditbank.

Budreau hace una propuesta arriesgada, narrar los acontecimientos en una mezcla de cine de acción con tintes cómicos. Ya la caracterización del personaje al que da vida Hawke, supone toda una declaración de intenciones. Vestimenta hortera, peluca de disfraz barato, ”¿estás aquí por el festival de rock?”, le espeta el taxista que lo lleva al banco.

Personajes carentes de profundidad

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La propia actuación de la policía oscila entre lo incompetente y lo grotesco. Entradas y salidas, idas y venidas al interior del banco, con diálogos absurdos, en un revoltijo propio del camarote de los hermanos Marx, pero con la gracia cayendo a cuentagotas. La intención de la propuesta tampoco encuentra acomodo en explicar el enigmático comportamiento de los rehenes. Pretende resaltar lo absurdo e irracional de semejantes conductas, quedándose en una mera visión surrealista de las cosas, sin ahondar en nada.

Sostiene la función el caché de su reparto, con el que esperas que pase algo. No hay que subestimar cierta gracia en la idiotez, en lo disparatado o inverosímil. En su conjunto, al ver los créditos finales, esbozo una sonrisa a modo de mueca, me felicito por la ajustada duración de la película, y me interrogo a mí mismo sobre como me he tragado semejante gilipollez.

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