Crítica de ‘La madre del blues’ (2020). La música (no) amansa a las fieras

En ‘La madre del blues’ Chadwick Boseman y Viola Davis se enzarzan en un descarnado y sin tregua featuring para demostrar que la música (no) amansa a las fieras. Un drama de herencia teatral, marco musical, y trasfondo social más actual que nunca, orquestado por George C. Wolfe, que el pasado 18 de diciembre aterrizaba en Netflix.

La reencarnación del teatro

Uno de los ámbitos de la cultura más seriamente perjudicados por la pandemia global no deja de ser otro que el teatro.

El Covid-19, o más bien sus devastadoras consecuencias, se han cebado especialmente con las tablas. Pero una curiosa coincidencia nos lleva a pensar que éste, cual espíritu insurrecto e irredento, ha decidido reencarnarse en el cine para campear el temporal. Y es que, durante los últimos meses, tres son las adaptaciones para la gran pantalla de obras teatrales que han llegado a nuestras vidas.

En noviembre disfrutábamos con la ‘Sentimental’ de Cesc Gay. Un mes después, en diciembre, nos llegaba la soberbia ‘El padre’ de Florian Zeller. Y entre medias surgía en Netflix ésta ‘La madre del blues’ de George C. Wolfe que ahora nos ocupa.

Sí, vale. Siempre ha habido obras de teatro haciendo ese trasvase de las tablas al cine. Y muy posiblemente en otras ocasiones se hayan podido juntar incluso más de tres en un corto espacio de tiempo. Pero es que ahora la mera anécdota, dada la situación que vivimos, ha adquirido dimensiones de alumbramiento divino o avistamiento ovni.

Una de ansiados refrescos, puertas misteriosas y lustrosos zapatos

En ‘La madre del blues’ un George C. Wolfe amparado bajo un sólido texto de Ruben Santiago-Hudson, que adapta a su vez una obra de teatro del doblemente ganador del Pulitzer August Wilson, nos traslada a la Chicago de los años veinte.

Allí, en un suburbio de la ciudad, cuatro instrumentistas, con el enérgico e impetuoso trompetista Levee como verso libre, y la cantante de blues Ma Rainey, hacen un alto en su exitosa gira para grabar varios temas.

Ya una vez en el estudio los egos de nuestros dos protagonistas chocarán frente a frente. Las ansias de prosperar de Levee, y de los de su raza, y sus sueños de igualdad, representadas en unos caros y lustrosos zapatos. En contraposición de una caprichosa y engreída Ma Rainey que ya ha transitado buena parte de ese arduo e ingrato camino que Levee empieza a recorrer ahora, queriendo por ello disfrutar de su momentánea recompensa, aunque sea un mísero refresco

Ninguno de los dos quiere recular en su testarudez, aun a sabiendas seguramente de que esa actitud solamente beneficia a unos: los blancos. Su enemigo común.

Es una época convulsa para los afroamericanos en EEUU. Aunque en verdad, ¿Cuándo no lo ha sido? La esclavitud fue abolida pero los derechos de la raza negra distan mucho de estar a la altura de los de la raza blanca. Y entre las cuatro paredes del estudio habrá tiempo para debatir sobre ello, sobre política, sobre religión y creencias, y hasta sobre el sino de la familia.

Todo ello por medio de un magnífico guion de Ruben Santiago-Hudson lleno de simbolismo. A lo ya mencionado se le une esa misteriosa puerta con la que se obsesiona el personaje de Chadwick Boseman, quizá fiel reflejo del destino de una raza aun hoy.

El encorsetamiento teatral

Así se muestra ‘La madre del blues’, cinta brillante, rotunda y certera; siempre reivindicativa pero en ningún momento complaciente. Un film que ha pasado por nuestro país como si nada, en contraposición a su gran acogida norteamericana, y que no merece esas entre tibias y frías reacciones.

Toda adaptación teatral que se precie llega lastrada, precisamente, por esa condición. Y aunque ‘La madre del blues’ huye durante gran parte de su metraje de esas sensaciones, a pesar de ser eminentemente teatral, sí es cierto que en su primer acto le cuesta algo despegar. Es ahí donde seguramente más espectadores decidan quedarse en pista.

Un problemilla aupado además por esos primeros minutos de metraje en los que el diseño de producción luce muchísimo, al mostrar una luminosa Chicago. Pero luego, toda vez que nuestra banda se adentra en el estudio y las conversaciones alargadas empiezan a coger el timón, el fantasma del encorsetamiento acecha de nuevo.

Pero una vez superadas esas turbulencias del primer acto, las cosas van sobre ruedas en adelante.

Duelo actoral

La gran baza que trajo bajo el brazo ‘La madre del blues’ es ese duelo actoral entre el malogrado Chadwick Boseman, a quien va dedicado el film, y una Viola Davis que vuelve a ser aupada por material de August Wilson tras ‘Fences’ (2016). Debut en la dirección de un Denzel Washington que aquí hace las veces de productor.

A mí particularmente lo de Boseman me he resultado soberbio, cosa que me ha desarmado especialmente quizás por no esperarlo. Por apariencia pinta que el film va a ser un vehículo para el lucimiento de una Viola Davis doblada en las notas más altas, pero luego la película te responde con dos o tres monumentales y desgarradoras escenas de un infatigable Chadwick Boseman que te hacen ver cuánto talento se ha perdido.

Ni que decir tiene que la dirección de actores de George C. Wolfe se une al talento de los dos actores protagonistas.

De cara a la temporada de premios venidera, para la que suenan fuerte, ambos dos tendrían más opciones de triunfo en la categoría de actor de reparto. Cosa muy justificable dada además la coralidad de ‘La madre del blues’. Pero Netflix querrá jugar alto, y veremos cómo le sale la jugada.

Nuestra valoración

Nota Rock and Films

Tráiler de ‘La madre del blues’

 

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