Imagen de El practicante

Crítica de ‘El practicante’ (2020). La soberbia del postrado

La digestión de las tragedias personales, y más cuando éstas comprometen la salud física, son todo  un reto: de superación personal para el que las padece, profesional para quiénes han de atenderles, emocional y afectivo para familiares y compañeros. En esta atmósfera compleja enmarca su última película el director catalán Carles Torras, ‘El practicante’, producción original de Netflix.

Mario Casas da vida a un enfermero que trabaja en el servicio de urgencias. Paradojas de la existencia, mientras atiende a un accidentado, la ambulancia en que se trasladan sufre un percance, consecuencia de lo cuál queda con graves secuelas. Altivo, dominador del escenario, alardeando de su masculinidad, este hombre maltrecho no acepta su nuevo estado, trasladando su amargura a los demás. Su novia (Déborah François) va a recibir en carne propia las embestidas de una persona herida, empequeñecida en su orgullo. Celos y maltrato psicológico hacen imposible la convivencia.

Escucha mi reacción en caliente nada más ver la película en el episodio número 9 de nuestro podcast

Impresionante actuación de Mario Casas

El practicante

A partir de aquí ‘El practicante’ se configura como un thriller que por su tono recuerda a otro estreno de Netflix este año, la película ‘Hogar’ de los hermanos Alex y David Pastor. Ambas giran sobre el sentimiento de pérdida. Si en la segunda se abrían implicaciones de orden social interesantes, Torras se ajusta a un guion más convencional. Como acontece en otras propuestas similares, su desarrollo abraza algunas exageraciones donde se resiente la verosimilitud de lo que me están contando. La cinta  se sustenta en la soberbia interpretación de Mario Casas.

Hay una transformación física impresionante. No llega al nivel de Joaquin Phoenix en ‘Joker’, pero impacta su delgadez, con facciones afiladísimas, otorgando a su personaje un aura de trastornado. Los planos con el protagonista situado al fondo, en silla de ruedas, ojos hundidos y mirada amenazante, a lo que secunda una cuidada escenografía, ayudan a mantener la tensión. Su ajustada duración (apenas 90 minutos de metraje) y una cadencia implacable, la convierten en un producto de género que anda por encima de la media.

Disfruten de Mario Casas y de un final que, a modo de crochet, va directo al hígado.

Nuestra valoración

Nota Rock and Films

Tráiler de ‘El practicante’

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